Buenos Aires, abril de 2025.
En los últimos años, las escuelas argentinas se han transformado en escenarios donde se hacen visibles múltiples tensiones sociales, económicas y emocionales. Las aulas, lejos de ser espacios aislados de la realidad, funcionan como espejos que reflejan lo que ocurre más allá de sus muros. Y cuando un estudiante explota con violencia, no es sólo un problema de conducta: es un síntoma. Una señal de algo más profundo que necesita ser escuchado.
En distintas provincias del país, docentes y directivos reportan con preocupación un aumento de episodios de agresividad en el ámbito escolar. Desde discusiones acaloradas hasta actos físicos entre pares, y también desafíos hacia las figuras de autoridad. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué los chicos parecen estar más enojados, más reactivos, más frustrados?
Según especialistas en educación y salud mental, estos estallidos no deben leerse como hechos aislados, sino como emergentes de un entramado mucho más complejo. “La escuela es una de las pocas instituciones que los chicos transitan de manera cotidiana. Si ahí aparecen síntomas como la violencia, no podemos dejar de preguntarnos qué está fallando en el entramado social, familiar y emocional que los sostiene”, explica la psicopedagoga Mariana Gutiérrez, que trabaja en una escuela secundaria del conurbano bonaerense.
Para muchos adolescentes, el aula se convierte en un lugar de tensión porque condensa exigencias que no siempre están en condiciones de sostener. Hay chicos que llegan sin haber desayunado, con padres desempleados o ausentes, con casas sobrepobladas, con historias de abuso o abandono. Frente a esas realidades, es ingenuo pensar que pueden sentarse a aprender fracciones o interpretar un texto literario sin que lo emocional interfiera.
“Los episodios de violencia suelen ser respuestas desesperadas ante una situación límite. Es la manera que encuentran de decir ‘algo me pasa’, ‘no puedo más’, ‘necesito que me miren’”, sostiene el sociólogo Carlos Viñuela, autor del libro Infancias rotas: jóvenes, escuela y desigualdad. En su trabajo, Viñuela advierte que muchos de estos comportamientos son reacciones defensivas frente a un sistema que no los contiene, que muchas veces los estigmatiza o directamente los expulsa.
Pero no todo es diagnóstico. En distintos puntos del país también surgen experiencias educativas que buscan romper con esta lógica y trabajar desde la prevención, la contención y el vínculo. En una escuela pública de Córdoba, por ejemplo, se implementa un programa de “aulas de escucha”, donde los alumnos pueden expresar lo que sienten antes de empezar el día. En Rosario, hay una secundaria con talleres obligatorios de habilidades socioemocionales, y en Tucumán, una red de docentes construyó protocolos de mediación escolar con enfoque restaurativo.
“Cuando logramos que un chico hable en lugar de golpear, que nombre su tristeza en lugar de encerrarse, estamos haciendo un cambio de raíz”, dice la directora de una escuela de Neuquén que implementó espacios de tutoría personalizada. “Lo que necesitamos no es más castigo, sino más escucha.”
La escuela sola no puede. Pero sí puede ser un punto de partida. Entender que la violencia no es el problema sino el síntoma nos obliga a mirar con más profundidad, a preguntar más allá del acto, a no etiquetar a los chicos como “violentos”, sino a intentar comprender qué los llevó hasta ese punto.
El aula, entonces, se convierte en una caja de resonancia. Lo que ocurre allí no habla sólo de los alumnos, sino de todos nosotros. Y escuchar esos gritos, esas explosiones, puede ser el primer paso para empezar a sanar. Porque quizás, como sociedad, también nosotros estemos pidiendo a gritos ser escuchados.


